Sabor medieval en Palau-solità i Plegamans

Era un sábado gris de principios de Abril, de esos de quedarse en casa tranquilo viendo una película en el sofá. Sin embargo, las calles de Palau-solità i Plegamans estaban llenas. Raro, muy raro, para un pueblo al que sus propios habitantes le llaman “el pueblo fantasma”. “Aquí nunca hay nadie, la gente suele estar en su casa, es un pueblo muy tranquilo”, decía Marc, un joven de 18 años. Pero ese fin de semana era diferente, se organizaba la Feria Medieval de Palau. “Es de las pocas cosas de las que estamos orgullosos en este pueblo”, contaba María, otra joven.

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Los alrededores del Castillo de Palau-solità i Plegamans es donde se realiza esta Feria Medieval . Imagen de autoría propia.

A medida que ibas subiendo por el pueblo hacia el castillo, la gente iba aumentando, las calles se iban estrechando y te empezaba a llegar ese olor tan característico a comida. El castillo de Palau se encuentra encima de una colina y se ve desde todo el pueblo. Las calles que llevan hasta el castillo son las que se usan para las tiendecitas. “Aquí se viene a comer”, nos contaba una tercera joven, Andrea. La feria estaba llena de paradas, todas engalanadas para la ocasión: tiendas de ropa medieval, jabones caseros, juguetes artesanos y comida, mucha comida. Era muy difícil no ver a alguien con comida en las manos. En esta Feria, la gente suele comprarse cualquier cosa para seguir comprando o ver algún que otro espectáculo, como por ejemplo los Torneos Medievales con Caballos o el Espectáculo de Fuego.

Hay tiendas que son de obligatoria parada, como por ejemplo, los dos establecimientos que ofrecen el rey gastronómico de la feria medieval: la crep. Las colas que se forman delante de ellas son tan largas que hacen que te pienses dos veces si realmente te quieres comer uno, pero créeme: quieres. Ya sea dulce o salado, la experiencia merecerá la pena. Por 5€ tienes una increíble crep de bacon, salsa de quesos y cebolla caramelizada que quita el sentido de tal manera que no sabes si te lo estás comiendo en una Feria Medieval en Cataluña o en Aux Meilleures Crêpes de París, que es para muchos, la mejor crepería parisina.

Otro de los grandes triunfadores de la jornada fue, sin duda, los “bollos preñaos”. La idea es simple y fácil, pero extremadamente deliciosa. Básicamente, es una receta de masa de pan y tres rellenos a escoger: chorizo, bacon con queso o jamón con queso. Pero la clave del éxito no son los ingredientes, ni lo riquísimos que están, sino que lo hacen todo delante tuyo: la masa, el relleno y cómo lo meten en el horno. Y eso, quieras o no, genera expectación. Eso y el olor a pan recién hecho que invade las callejuelas de Palau.

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Elaboración de los “bollos preñaos”. Imagen de autoría propia.

Para los amantes del dulce, las opciones también son muchas. Todos aquellos que comen ‘por los ojos’ fueron atraídos por una fuerza invisible que se escondía tras las paradas de pasteles, cocas y dulces varios. Pero sobre todo, por una parada mítica de la Feria, la de dulces árabes.

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Los dulces árabes son una de las grandes atracciones de esta Feria. Imagen de autoría propia.

Además, para todos aquellos que querían comer sentados, tenían las Tabernas. Dos paradas enormes en las que hacían grandes porciones de carnes, patatas fritas, ensaladas, etc. Si tenías hambre, el olor que desprendían las brasas y la carne expuesta te hacía salivar de inmediato y no te podías resistir.

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Secreto ibérico, butifarra, panceta… Una gran variedad de carnes ofercían en las Tabernas. imagen de autoría propia.

Según los organizadores, todo un éxito: 30.000 personas visitaron esta pequeña localidad del Vallés. Para los comerciantes, todo un fracaso. El principal problema para muchos: el precio. Sobre todo en los productos no cocinados como el queso, longanizas, etc. Por ejemplo, un poco de queso, olivas y unas pocas especies, 45€. Un poco desorbitado para ser una Feria en la que los pequeños comercios del pueblo intentan sacar un poco de provecho. Muchas personas, pero pocas compras. Sin embargo, el ambiente, la música, ver a la gente de tu pueblo en una “época” diferente, merece mucho la pena.

Naila Calderón Martínez

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